viernes, 16 de marzo de 2018

El puerto del infierno (Hell Harbor): EL AMOR LLEGA EN UN MINUTO

"No le des ni caridad a mujer que tenga dueño, dice por ahí un refrán vulgar pero verdadero..."
 
(Fragmento del capítulo 7: El jardín de las malicias)

Podía cantar, podía decir cuánto lo amaba, pero más bien quería gritarlo. Por eso le pedía al perico que repitiera su nombre: “Gary, Gary, Gary”, hasta el cansancio. Iluminada por el resplandor de su propia pasión, la belleza de Lupe era más evidente que nunca en aquel 1929. A pesar de los altibajos de su relación con Cooper, la ilusión amorosa continuaba exaltando su vida.
 
Cuando bajó del tren en la estación del ferrocarril de Tampa, a mediados de septiembre, fue recibida por el propio gobernador de Florida, Doyle Carlton, y el periódico local publicó una bienvenida a todo lo ancho de una plana en tanto que la comunidad latina la declaró su estrella favorita. Era la primera ocasión en que una producción de Hollywood adoptaba ese lugar como escenario.
 
Nunca hubo otro descendiente de un pirata más dulce que Anita Morgan. La ferocidad de su antepasado, el temible Henry Morgan, azote de los galeones españoles, se diluyó en los casi tres siglos que transcurrieron entre la fecha de su nacimiento real y el rodaje del ficticio Puerto del infierno. Todo es asequible en la realidad alternativa del cine. La acción tenía lugar en una isla del Caribe entre aventuras de marinos con pata de palo que trafican con perlas y otro más con parche en el ojo que toca el acordeón mientras Lupe entona en español una vieja canción mexicana y no cubana, como lo dictaba el entorno:  No le des ni caridad a mujer que tenga dueño, dice por ahí un refrán vulgar pero verdadero, quien da pan a perro ajeno pierde pan y pierde perro. Anita, quien se la pasa soñando con conocer La Habana, es entregada por su propio padre para casarse con el villano y de esa manera comprar su silencio como testigo de un crimen. El héroe, de quien ella se ha enamorado a primera vista –porque no podría ser de otra manera-, aparece en el momento justo para impedirlo: El amor no llega en media hora, asegura él. El amor llega en un minuto, replica ella en la película. Lupe estaba convencida de que en realidad eso era una verdad dogmática más allá del estricto ámbito de la pantalla.
 
 
Jules Etienne

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