sábado, 16 de diciembre de 2017

José Alvarado: RECUERDO DE LUPE VÉLEZ (fragmentos)


La adolescencia de Lupe Vélez brotó en medio de los relámpagos de un México todavía turbulento y asombrado. Había olor a pólvora en el aire y las monedas de oro rodaban sobre las mesas de mármol del Café Colón. Las luces eran ingenuas y los capitanes solían apagar los focos a balazos. Se bailaba el fox-trot y los tangos gemían en las pianolas. Lupe Vélez fue una estrella del Chárleston. En los Estados Unidos refulgían las letras doradas de la palabra prosperity y en Europa se discutía, una vez más, sobre el desarme.

La revista acababa de expulsar una opereta y una zarzuela que sólo la gente del viejo régimen se empeñaba en recordar. Lupe Vélez fue una de las estrellas de esa revista incipiente, en cuyos diálogos los optimistas creían encontrar los gérmenes del teatro mexicano. Un grupo de jóvenes había llegado a los puestos públicos y desde ahí hablaba por primera vez de la técnica.
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La Lupe Vélez del Teatro Lírico no buscaba la alegría fundamental porque la llevaba dentro de sí misma. Su mundo era breve; pero diáfano y fragante. La Lupe Vélez de Hollywood sí la buscaba. Su orbe se había vuelto inmenso y complicado, oscuro y contradictorio. La prosperity yacía, marchita, entre los fragmentos amarillos de los periódicos viejos y la guerra tocaba a todas las puertas. Los árboles parecían ancianos rencorosos y las flores se convertían en ceniza multicolor.

Muchas cosas deben haber muerto prematuramente dentro de Lupe Vélez. Muchas luces deben haberse apagado y tal vez una mañana se le fue la esperanza. Lupe Vélez se convirtió en uno de los seres más tristes de su época.

No era, por cierto, el único caso; pero sí uno de los más notorios. Por eso, tal vez, como otras tantas muchachas ignoradas y ciegas, dejó la existencia por una puerta sombría. El mundo se le había derrumbado antes. Un mundo frío, seco y gris.


José Alvarado, publicado en el diario Excélsior,
el 16 de diciembre de 1959.

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