lunes, 4 de julio de 2011

Capítulo 12: PICANTE PERO SABROSA (fragmento)

Ramón Novarro

Lupe y Novarro apenas tuvieron oportunidad de reunirse. Ella quedaba agotada con sus presentaciones diarias y las constantes entrevistas, en tanto que Novarro se ocupaba de los preparativos de su viaje en el que sería acompañado por una tropa que incluía a su hermano Eduardo , su primo Jaime, quien trabajaba como su chofer, y dos asistentes personales. Sin embargo, Lupe se dio tiempo para acudir al muelle a despedirlo a finales de marzo, cuando zarpó con destino a Francia a bordo del París.

- Estoy muy contenta porque sé que vas a hacer algo con lo que has soñado. Aunque también me siento triste porque no quiero que te vayas.

- Así son las despedidas. Siempre dejan un resabio de tristeza. En el fondo nos da temor pensar que quizás sea la última vez que veremos a la persona que se va.

- No digas eso, Ramón. Esas cosas no es bueno ni siquiera mencionarlas.

Novarro sonrió y ambos se abrazaron y besaron en la mejilla.

- Me voy feliz por ti, ahora que estás triunfando en pleno Broadway y porque tu Johnny va a venir a verte.

- Regresa pronto, ya sabes que Myrna te va a estar esperando -bromeó ella, que había visto publicada la fotografía de los dos en la estación del tren.

¿A qué le temía Lupe? A la vejez, agazapada en los recodos de la edad, en cada nueva arruga, más que a la pobreza, porque se sabía capaz de obtener recursos por encima de los necesarios para la mera supervivencia; pero, sobre todo, a quedarse sola. Le aterraba la sensación de de pérdida que surge de la distancia con los afectos y procuraba compensarlo llenando su casa con familiares, amigos y hasta conocidos recientes, que podían pasar en ella largas temporadas. Se tropezaba con sus perros en cualquier rincón, tenía una enorme jaula con canarios y un perico al que Weissmuller acabaría odiando. El temor a la soledad le provocaba el efecto de un vacío que inundaba sus ojos con el salitre acuoso de las ausencias. No lo pudo evitar, y de paso contagió también a sus perros que comenzaron a ladrar. Permaneció ahí durante un rato, de pie, viendo como Novarro, al igual que el resto de los pasajeros, agitaban sus pañuelos y sombreros en señal de despedida, hasta que el barco terminó de alejarse. No me gusta llorar. La lágrimas sólo sirven para volvernos feos. Prefiero la risa. Me gusta mucho hacer reir a los demás. Entonces decidió irse a caminar por la Quinta Avenida. La ciudad ejercía un peculiar efecto sobre ella, no experimentaba la misma opresión que en Los Ángeles, en donde sentía como si vigilaran todas sus actividades para después criticarla. Le parecía que podía gritar a todo pulmón mirando hacia el cielo al que apuntaban los rascacielos, sin que a nadie le importara. Después, tuvo que regresar de prisa al hotel con el voluminoso cargamento de lo que había adquirido. Estaba a punto de ser la hora en la que tenían que vestirla y maquillarla para la función de esa noche.

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