viernes, 10 de junio de 2011

Capítulo 2: BAJO EL SIGNO DE CÁNCER (fragmento)



El sol californiano, siempre renuente a aceptar el invierno, mareaba el mediodía incierto de Lupe. En lo que deambulaba, sola y sin dinero, sintió que en su boca se resecaban las palabras, entonces igual que ahora, cuando trataba de escribir los últimos renglones mientras su sentido de la realidad se empecinaba en abandonarla. ¿Cómo pudiste, Harald, fingir ese gran amor por mí y nuestro bebé, cuando en ningún momento nos quisiste? Tuvo que rectificar algunos vocablos porque su mente prefería divagar por el pasado para evadir la hostilidad del presente. No veo otra salida para mí. ¿La habría? Se preguntaba si valdría la pena seguir enfrentando la adversidad. Sentía un impulso desolador para despdirse: Adiós y buena suerte. Amor, Lupe. Luego de tantas mentiras y traiciones, ni siquiera se merecía ese tono indulgente que no entendía por qué, pero le recordaba las palabras de Fanny Brice el día de su debut.

- Fíjense muy bien en esta chiquilla, acaba de empezar con nosotros pero tiene un gran futuro.

Aunque no me pude quedar con el papel por el que viajé con tantas dificultades desde México, no me desanimé. Como tampoco quería molestar a mi familia pidiéndoles que me enviaran dinero, míster Bennet me ayudó a conseguir trabajo en el prólogo de una película, es como un cuadro teatral que se monta en los cines antes de que inicie la proyección de la película. No habá venido hasta acá para hacer algo como eso, pero lo hice del modo que siempre me ha gustado hacer las cosas. Me dediqué en cuerpo y alma con la esperanza de que alguien se fijara en mí. Y sucedió... Tuve la suerte de que me ofrecieran treinta y cinco dólares más de lo que estaba ganando por participar en la Music Box Revue. El público expectante se quedó sin habla. Además del despliegue de espontaneidad, por lo escaso de su indumentaria. De nuevo, como ya había sucedido en México, conquistó a los espectadores. Al término de la función, uno de los productores tuvo que pedirle que para su siguiente presentación se cubriera un poco más.

Deslumbrado, un periodista la equiparaba con un huracán tropical cargado de millones de voltios y amperios, impulsada por una fuerza irresistible. Fanny Brice, la famosa funny girl, le envió un telegrama a Florence Ziegfeld -el zar de las mujeres hermosas en Nueva York-, en el que le sugería que contratara a Lupe para su famoso Ziegfeld Follies, asegurándole que se había topado con un prodigio en estado natural que bailaba y actuaba con absoluta libertad.

Un ejecutivo de la Metro Goldwyn Mayer, a quien se le atribuía el descubrimiento de Joan Crawford, vio a Lupe presentarse en esa variedad y le causó tal impresión que fue a buscarla a su camerino para proponerle una prueba cinematográfica en los estudios. Harry Rapf se presentó con ella y le expresó su plan. De inmediato empezó a revolotear por la mente de Lupe la frustración de sus experiencias anteriores y se negó, empeñada en que ella había nacido para el teatro, para tener un contacto vívido y cotidiano con la gente y poder contagiarles algo del fuego que llevaba consigo.

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